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He tenido que criar a mis hijos sola, pero salí ganando

Cuando mi esposo se fue y me dejó abandonada, sentí que mi mundo no podía ser peor, que nada había para mí, que no quedaba nada por lo cual vivir. Escuché los llantos de mis bebés y las voces de mis pequeños e inocentes hijitos, y al hacerlo, me sentía desesperada, agobiada y sin solución.

El padre de mis hijos me dejó sola con ellos, él tenía cosas mejores que hacer, como ir persiguiendo sueños pasajeros y las faldas de otras mujeres. Sentía que mi vida se me acababa, pero desgarrada por el dolor, el abandono y la ausencia, busqué en mi interior y encontré que Dios y mis pequeños hijos vivían en mi corazón.

No sabía cómo podría seguir adelante, pero sabía que mis hijos me necesitaban así que me prometí a mí misma que jamás le dejaría entrar en mi vida nuevamente.

Recuerdo arrodillarme en mi cama con las manitas de mis hijos junto a las mías, y pedí a mi Dios Padre que no me abandonara y que me ayudara a sacar fuerzas para darles el sustento que necesitaban. Yo era muy joven, tenía muy poca experiencia en la vida. Así que oré, para hacerme una mujer y madre adulta, y para que a mis hijos no les ocurriera nada malo mientras solucionaba mi vida. A partir de ese triste episodio todo cambió para mí: Me levanté de mi cama, recuerdo dejar a mis hijos con una hermana y salir a buscar trabajo.

A cada paso que daba le pedía a Dios que me abriese puertas. Aunque mi corazón sangraba de tanta tristeza, no tenía tiempo de llorar ni ser débil; ante todo debía ser madre y cumplir con la promesa que les hice a mis pequeños. Empecé a trabajar en un supermercado, siempre he sido una mujer de mucha fe; sabía que todo lo tenía que lograr si: empecé a trabajar sin descanso, volví a levantar mi hogar sin ayuda de un hombre, sólo yo y mi buen Dios que nunca me dejaba. Logré alcanzar muchas metas y me fui superando día a día hasta llegar a ser una mujer de éxito, mi razón de vivir y surgir en la vida fue la de ver a mis hermosos hijos crecer siendo niños de bien. Jamás les hable mal de su padre, eso no era algo que me correspondiera a mí.

Ahora, con el tiempo y mirando hacia atrás, puedo hablar de él sin que me duela, porque me dejó lo mejor que alguien te puede dar: mis bellos hijos. Por esa misma razón, si algún día llegas a leer estas letras, o si eres alguien que también está pasando por lo mismo, quiero que sepas que: No perdí nada contigo, al contrario he ganado:

Yo vi crecer a mis hijos, celebré todos sus cumpleaños, viví sus primeros pasos y también sus primeros logros estudiantiles. Viví como míos los sueños de amores que tuvieron, los abracé cada vez que estaban tristes, y reí a carcajadas con sus alegrías. Doy infinitas gracias a Dios que supo abrirme las puertas y ser una feliz junto a mis pequeños. ¿Y tú…?

Tú en cambio lo has perdido todo, perdiste verlos crecer. No hay nada que se compare a ese dolor que debes sentir. La verdad es que no te mereces nada, sólo ahora con el tiempo el único sentimiento que me inspiras es lástima y mucha melancolía. Es triste pensar que siendo tú el padre, el hombre que yo amaba, acabases siendo un ser invisible hasta para ellos.

Yo sólo les dije “se fue papá y no volverá”, y eso fue todo. Pide perdón a Dios porque es el único que te lo puede dar, yo ya no te recuerdo, sólo te agradezco haberme regalado estos tesoros que tengo en mi vida, tú arregla tus cuentas con Dios padre… Lo peor de todo para ti, orgullo aparte, es que te has perdido lo mejor de la vida: ver crecer a tus hijos. Gracias Señor por darme el sustento para mis hijos, por haberme quitado lo que me hacía mal, y por haberme entregado un mar de alegrías y felicidad, mis hijos, que lo son todo en mi vida.