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No te merecías morir

La mayor parte del tiempo, puedo lidiar con tu muerte. Puedo contener las lágrimas y aceptar que te has ido.

Me fuerzo a creer las palabras del cliché que se lanzan por ahí, sobre cómo sólo los buenos mueren jóvenes y cómo Dios toma primero a Sus favoritos. Sobre cómo fue tu tiempo y cómo todo sucede por una razón.

Pero a veces, esa actitud se desvanece y todo lo que puedo sentir es ira. Herido. Traición.

Siento no poder ser fuerte todo el tiempo. Que hay días en los que cuestiono mi fe. Días en los que odio al mundo y a cada persona dentro de él. Días en los que estoy amargado por el resultado de la vida.

Siento no poder andar por ahí con una esperanza inquebrantable cuando sé lo mal que está el mundo. Lo siento, no soy perfecto. Lo siento, llevo tanta ira dentro.

Estoy enojado porque dejaste a tu familia atrás. Dejaste a gente que aún necesitaba tu amor, tu voz, tus abrazos, tus besos. Gente que se preocupaba por ti más de lo que se preocupaban por sí mismos. Gente que haría cualquier cosa por tener un minuto más contigo.

Estoy enojado, porque sigo viendo a esta gente de mierda corriendo por el mundo sin importarle nada, viviendo durante décadas más de lo que tú tuviste la oportunidad de hacerlo. Porque la bondad en tu corazón debería haberte ganado más días, meses, años.

Estoy cabreado, porque te mereces algo mejor. Merecías celebrar más hitos. Merecías ver crecer a la gente que te rodeaba. Merecías envejecer y morir tranquilamente mientras dormías después de noventa años de vivir tu mejor vida.

Estoy enojado, porque no es justo. Eso suena llorón, infantil, pero es la verdad. Lo que te pasó no fue justo. Lo que le pasó a tu familia no fue justo. Nada sobre tu muerte fue justo.

Te echo de menos. Y odio extrañarte, porque no debería tener que hacerlo. Debería poder llamarte. Debería poder llamar a tu puerta. Debería poder verte cara a cara cuando quiera.

Deberías estar aquí, ahora mismo, enviándome mensajes para preguntarme cómo me ha ido. Deberías estar aquí, ahora mismo, dándome una razón para reír en vez de llorar. Deberías seguir aquí, ahora mismo, vivo y bien.

No importa cuántos clichés se me arrojen sobre cómo sólo los buenos mueren jóvenes, no importa cuántos de esos refranes elijo creer para encontrar alguna apariencia de consuelo, siempre creeré que tu muerte fue una estupidez.

Siempre creeré que hubo algún tipo de error, que no te lo merecías.

Siempre creeré que te mereces mucho más.