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No te lo estás imaginando: 10 formas sutiles en las que puedes estar haciéndote luz de gas a ti mismo

No te lo estás imaginando: 10 formas sutiles en las que puedes estar haciéndote luz de gas a ti mismo

¿Te has sorprendido alguna vez dudando de tus propios sentimientos o desestimando tus instintos?

A veces la persona que cuestiona tu realidad no es otra: eres tú.

El autodesprecio se produce cuando invalidamos nuestras propias experiencias, emociones y verdades sin darnos cuenta.

Reconocer estos patrones es el primer paso para volver a confiar en ti mismo.

1. Reescribir tus propios recuerdos para que los demás se sientan más cómodos

¿Te has encontrado alguna vez cambiando la historia de lo que realmente ocurrió sólo para que otra persona no se sienta mal?

Puede que recuerdes claramente un comentario hiriente, pero luego lo suavices en tu mente porque enfrentarte a la verdad te resulta demasiado incómodo.

Tu cerebro empieza a editar el pasado como el director de una película corta las escenas.

Cuando reformulas tus recuerdos para proteger los sentimientos de los demás, te estás enseñando a ti mismo que tu versión de los hechos no importa.

Con el tiempo, pierdes la confianza en lo que realmente experimentaste.

Tu realidad se vuelve negociable, y ése es un lugar peligroso para vivir.

2. Tratar tus reacciones emocionales como errores de datos en lugar de como información

Tu corazón se acelera durante una conversación, o las lágrimas brotan inesperadamente.

En lugar de preguntarte por qué, lo etiquetas como un fallo de funcionamiento, algo roto que hay que arreglar.

Las emociones no son fallos de tu sistema; son señales que intentan decirte algo importante sobre tu entorno o tus relaciones.

Cuando descartas los sentimientos como fallos, pierdes información crucial sobre tus necesidades y límites.

La tristeza puede estar mostrándote lo que importa.

La ira podría estar señalando un límite violado.

Tratar las emociones como errores significa ignorar tu GPS interno cuando más lo necesitas.

3. Exigir pruebas excesivas antes de permitirte creer en tu propia experiencia

¿Ocurrió de verdad o estás exagerando?

Repites las conversaciones como un detective en busca de pruebas.

Una sola vez no es suficiente: necesitas un patrón, testigos e incluso documentación antes de confiar en que lo que sentiste fue real.

Poner el listón imposiblemente alto para tus propias experiencias significa que siempre te estás cuestionando a ti mismo.

Aunque el escepticismo sano tiene su lugar, exigir pruebas a nivel judicial de tus propios sentimientos es agotador.

Tus experiencias son válidas incluso sin la aprobación de un jurado.

A veces tu instinto lo sabe antes de que tu cerebro pueda construir el caso.

4. Llama a tu intuición pensamiento exagerado sólo cuando desafía tus hábitos o relaciones

Hay algo que no te cuadra en una amistad o en una situación, pero rápidamente calificas esa sensación de exceso de pensamiento.

Es curioso cómo tu intuición sólo se vuelve problemática cuando amenaza el statu quo.

Cuando confirma lo que ya crees, lo llamas sabiduría.

Desestimar selectivamente tu voz interior es una forma inteligente de evitar cambios incómodos.

Tu intuición no necesita ser perfecta para ser valiosa.

Si sólo confías en ella cuando te conviene, en realidad no estás confiando en ella en absoluto.

Presta atención a lo que te hace precipitarte a la excusa de pensar demasiado.

5. Confiar más en la retroalimentación externa que en los patrones internos repetidos

Tu cuerpo te cuenta la misma historia una y otra vez: agotamiento tras ciertas interacciones, tensión en entornos específicos.

Pero cuando alguien te dice que estás bien o que estás siendo demasiado sensible, le crees por encima de tus propias experiencias repetidas.

La validación externa se convierte en la única verdad que aceptas.

Los patrones son datos.

Cuando tu sistema responde sistemáticamente de la misma manera, no es una coincidencia, es comunicación.

Externalizar tu verdad a otros significa que siempre estarás esperando permiso para confiar en ti mismo.

Tus patrones internos llevan contigo más tiempo que cualquier opinión externa.

6. Minimizar el daño continuo porque ningún momento es suficientemente malo

Cada incidente parece pequeño por sí solo: un comentario despectivo aquí, una promesa incumplida allá.

Te dices a ti mismo que no es maltrato porque no ha ocurrido nada dramático.

Esperas un gran momento innegable que justifique tu malestar, pero el daño no siempre llega con sirenas.

La muerte por mil cortes de papel sigue siendo la muerte.

El maltrato crónico de bajo nivel te desgasta con la misma eficacia que un gran golpe.

No necesitas una catástrofe para validar que algo no va bien.

A veces el patrón es el problema, no una sola pieza.

7. Utilizar la productividad o la lógica para eludir la pena, la ira o la decepción

Ocurre algo doloroso e inmediatamente te pones en modo solución.

Haces un plan, creas una hoja de cálculo, optimizas tu forma de salir del sentimiento.

La productividad se convierte en un escudo contra las emociones que exigen ser sentidas, no arregladas.

La lógica es brillante para muchas cosas, pero no puede procesar el dolor.

Cuando utilizas la ocupación para evitar la decepción o la ira, esos sentimientos no desaparecen, sino que esperan en el sótano, haciéndose más fuertes.

A veces lo más productivo que puedes hacer es no hacer absolutamente nada, excepto sentir lo que es verdad.

Las emociones necesitan espacio, no estrategias.

8. Asumir que la incomodidad significa que estás equivocado y no desalineado

Una relación o un trabajo te producen malestar, e inmediatamente asumes que el problema eres tú.

Quizá eres demasiado quisquilloso, demasiado sensible, demasiado exigente.

El malestar se convierte en una prueba de fracaso personal, en lugar de una señal de que algo no encaja.

No todo lo incómodo está mal, pero tampoco todo lo incómodo significa que tengas que cambiarte a ti mismo.

A veces no estás roto, simplemente estás en el lugar equivocado.

Un zapato puede ser bonito y estar bien hecho y aun así hacerte daño en el pie.

La desalineación no es un defecto de carácter; es información valiosa sobre el ajuste.

9. Retrasar la confianza en uno mismo hasta que llegue una versión futura y más cualificada de uno mismo

Te dices a ti mismo que cuando seas más sabio, tengas más experiencia o estés más curado, entonces confiarás en tu juicio.

El Tú futuro lo tendrá todo resuelto, así que el Tú actual sólo debe esperar instrucciones.

La autoconfianza se convierte en algo que te ganas a través del sufrimiento, en lugar de ser algo que practiques ahora.

¿Esa mágica versión futura de ti que tiene todas las respuestas?

Se construye confiando en ti mismo hoy, no esperando.

Cada vez que honras tus instintos actuales, fortaleces ese músculo.

No te vuelves digno de confianza dudando de ti mismo hasta la sumisión.

10. Enmarcar la traición a uno mismo como madurez, paciencia o ser la persona más importante

Ignoras tus límites y lo llamas crecimiento.

Silencias tus necesidades y lo llamas paciencia.

Abandonarte a ti mismo se disfraza de lenguaje virtuoso: ser maduro, tomar el camino correcto, mostrar gracia.

Pero no hay nada evolucionado en elegir sistemáticamente a los demás antes que a ti mismo.

La verdadera madurez incluye el respeto por uno mismo.

Ser la persona más grande no significa empequeñecerte a ti mismo.

A veces, lo que parece paciencia es en realidad miedo a defenderte.

Comprueba si tu virtud es en realidad sólo autoabandono vistiendo un traje bonito.

El verdadero crecimiento te incluye en la ecuación.